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La Ineptitud Política: El precio invisible que pagamos por la mediocridad y el silencio – Cuando el error se vuelve sistema y la cultura se calla: crónica de una decadencia confortable.
Estamos en enero de 2026, en España. El invierno ha traído esa luz blanca y dura que no perdona las imperfecciones de las fachadas, revelando grietas que en verano el sol disimula con su brillo excesivo. Hace frío, pero no es ese frío que te hace abrigarte más, sino el que se te mete en los huesos cuando te das cuenta de que el tren vuelve a llegar tarde, que la aplicación de la administración pública se ha colgado por enésima vez o que la respuesta a tu reclamación es un silencio administrativo con membrete oficial.
El sonido de la resignación
Esta mañana, mientras esperaba un café que sabía a metal quemado en una barra de bar cualquiera, escuché la frase. Esa frase terrible, corrosiva y profundamente española: «Es lo que hay». La dijo un hombre de unos cincuenta años, encogiéndose de hombros mientras miraba una noticia en el móvil sobre una nueva ley que nadie entiende y que probablemente nadie aplicará bien. Ese gesto, esa micro-resignación, es el verdadero termómetro de nuestra salud democrática.
No estamos hablando de grandes escándalos de maletines en la oscuridad, ni de espías en hoteles de lujo. Eso es cine. Estamos hablando de algo mucho más peligroso porque es aburrido, invisible y constante: la ineptitud. La sensación pegajosa de que las cosas simplemente no funcionan porque quienes están al volante no saben conducir, y lo peor, nos hemos acostumbrado a ir de copilotos en un coche que se cala en cada semáforo.
La política no se pudre solo cuando alguien mete la mano en la caja fuerte; eso es un delito y tiene código penal. La política se degrada de verdad cuando se instala la ineptitud como norma, cuando el «no saber hacer» se convierte en una estrategia de supervivencia. Francesc de Carreras lo clavó hace un tiempo bajo el concepto de «Ineptos y corruptos», y su eco resuena hoy más fuerte que nunca. Mantener en el poder a quien ha demostrado incapacidad no es una mala decisión de recursos humanos; es una renuncia colectiva. Es decirnos a nosotros mismos que no merecemos nada mejor.
La corrupción con traje gris (y sin huellas dactilares)
Imaginad la corrupción clásica como un ladrón que rompe el escaparate. Hace ruido, saltan las alarmas, indigna. Ahora imaginad la ineptitud. Es como la humedad en una pared. No hace ruido, no rompe cristales, pero poco a poco, día tras día, va pudriendo la estructura hasta que la casa se vuelve invivible.

La ineptitud política es esa corrupción con traje que no deja rastro contable. No hay facturas falsas, hay normas mal diseñadas. No hay sobornos, hay servicios públicos tensionados hasta romperse. Hay burocracias diseñadas no para servir, sino para expulsar al talento y proteger al mediocre. Legislar para ganar votos a corto plazo, sabiendo que la medida es técnica y socialmente inviable, es una forma sofisticada de latrocinio: no nos roban la cartera hoy, nos roban el futuro mañana.
Lo dramático de este escenario, visto desde la barrera de este 2026, es cómo se fabrica una «normalidad tóxica». Cuando el ciudadano asume que para conseguir un papel hay que perder tres mañanas, o que el transporte público es una lotería, la democracia deja de ser un sistema de control y pasa a ser un escenario teatral. Se premia la supervivencia del aparato del partido, no la gestión.
Aquí el problema no es el rostro del líder de turno, sino el incentivo que lo sostiene bajo los pies. Partidos políticos que funcionan como agencias de colocación, blindando carreras internas de personas que jamás sobrevivirían un mes en la empresa privada. Instituciones que diluyen la responsabilidad hasta que nadie es culpable de nada. La ineptitud goza de una impunidad maravillosa: no escandaliza como un robo, pero desgasta los cimientos mucho más que cualquier desfalco.
El miedo: ¿Café o Valium?
Y entonces, ¿por qué no saltamos? ¿Por qué no paramos la máquina? Porque tenemos miedo. Y el miedo es una herramienta de doble filo. Fernando Savater, con esa lucidez que a veces duele, explicaba en «Educar asustando» que el miedo es como un condimento. Una pizca te mantiene alerta; un exceso te intoxica.
En la política actual, el miedo se ha dejado de usar como señal de alarma («cuidado, esto va mal») y se usa como anestesia («cuidado, que si te quejas vienen los otros«). Es fascinante y aterrador ver cómo funciona. El miedo a la alternativa paraliza la crítica interna. Convierte la lealtad en sumisión y la imaginación en una jaula. «Más vale malo conocido», nos decimos, mientras el barco hace aguas.
Si usáramos ese miedo para informarnos, para contrastar datos, para exigir rendición de cuentas con la factura en la mano, sería prudencia democrática. Pero lo usamos para justificar nuestra pasividad. Nos tragamos la píldora y nos vamos a dormir, esperando que mañana el problema haya desaparecido por arte de magia.
Puritanismos y la jaula de cristal
Mientras la gestión técnica falla, nos entretenemos en batallas culturales que, aunque parecen vibrantes, a menudo esconden un deseo de simplificación atroz. Manuel Arias Maldonado hablaba de esto al referirse a las «Heteroficciones» y el género neutro, pero el problema va más allá de la gramática. Es una batalla por el derecho a la complejidad.
Hay un aire retro, casi victoriano, en la forma en que los nuevos puritanismos intentan limpiar la cultura. Estamos en un momento donde ciertos grupos, con la mejor de las intenciones (o eso dicen), intentan fijar qué se puede decir, cómo se debe contar y qué sensibilidades son legítimas. Y la cultura, que por definición debe ser un campo de minas donde explorar lo humano, empieza a parecerse a un parque infantil acolchado.
Cuando la literatura o el periodismo pagan la factura de esta autocensura, la sociedad pierde. Una sociedad que entrena a sus creadores para medir cada palabra por miedo a la ofensa, termina entrenando a sus ciudadanos para callarse ante la injusticia real. Defender la libertad de expresión hoy no es defender el insulto; es proteger el ecosistema que permite disentir sin miedo a la hoguera moral de Twitter (o lo que sea que usemos ahora). La discrepancia no debería ser un riesgo reputacional permanente, sino el oxígeno de la democracia.
La gran estafa del fracaso
En medio de este clima, miramos a la educación y nos encontramos con otra trampa elegante. Jacobo Bergareche pinchó un globo muy contemporáneo: la idealización del fracaso. Nos han vendido una narrativa emprendedora y moderna donde «fracasar es aprender». Y suena bien, queda genial en una charla TED. Pero es mentira si no se lee la letra pequeña.
El fracaso solo enseña si hay un marco de exigencia. Si suspendes y te pasan de curso por «comprensión social», no aprendes resiliencia; aprendes que el esfuerzo es irrelevante. Si un político falla estrepitosamente y su partido lo recoloca en una fundación o en un consejo de administración, el mensaje que cala es devastador: la mediocridad es un estilo de vida viable, incluso lucrativo.
Confundimos la comprensión con la indulgencia. Y al hacerlo, desarmamos a las nuevas generaciones para un mundo que, fuera de nuestras fronteras, sigue siendo competitivo y complejo. La excelencia no es elitismo, por mucho que algunos intenten vender esa moto. La excelencia es ambición compartida: poner el listón alto y ayudarnos a saltarlo. Bajar el listón para que todos pasen no es igualdad, es una estafa piramidal de talento.
La cultura como brújula en la niebla
Aquí es donde entra Félix de Azúa, como un faro antiguo en medio de la tormenta digital. La cultura no es un adorno para poner en la estantería. No es ir a la ópera para que te vean. Es infraestructura mental. Es tener el vocabulario suficiente para pensar lo que te pasa. Es tener referencias históricas para saber que lo que nos ocurre ya pasó en Roma, en la Revolución Francesa o en la Weimar de entreguerras.
Sin esa base cultural sólida, la política se vuelve puro reflejo pavloviano. Ruido. Eslóganes vacíos que rebotan en nuestras cabezas. La cultura nos da la distancia necesaria para no convertir cada debate en una guerra tribal. Y sí, la cultura incomoda. El buen arte te hace preguntas que no quieres responder. Y esa incomodidad es una virtud democrática. Si nos protegemos demasiado de lo incómodo, nos volvemos blandos, fáciles de manipular por lo simple.
De la queja al control: el despertar necesario
Todo este panorama puede sonar desolador, lo sé. Pero el diagnóstico es el primer paso de la cura. No necesitamos héroes ni revoluciones de barricada. Necesitamos algo mucho más aburrido y efectivo: método y persistencia.
Tu texto ya tiene una columna vertebral sólida (ineptitud, miedo, puritanismo, educación y cultura) y una buena constelación de autores; lo que le falta para convertirse en un “llamado a la acción” es subir el voltaje narrativo y concretar qué significa actuar sin caer en la impotencia o el cinismo. A veces, las pistas están ahí, en los detalles técnicos que nadie mira, como cuando analizamos UCO y Adif: el rastro de Vía Adamuz y el precio del silencio, donde se demuestra que la opacidad administrativa y la falta de control tienen consecuencias tangibles, reales y costosas.
Actuar hoy significa recuperar el hábito de la exigencia. Significa ser ese cliente molesto que pide la hoja de reclamaciones, no para fastidiar, sino para que conste que el servicio no se ha cumplido. Significa leer más allá del titular clickbait. Significa premiar la competencia y castigar la chapuza, aunque el chapucero sea «de los nuestros».
La política se llena de ineptos porque fuera del parlamento hemos aceptado la resignación como identidad. Hemos dejado espacios vacíos, y en física y en política, los espacios vacíos siempre se llenan con lo que hay más a mano. Cambiar eso no es un gesto épico de un día; es una práctica diaria de no dejar pasar ni una.
Es hora de dejar de admirar el problema y empezar a admirar la solución. Es hora de dejar de aplaudir el fracaso y empezar a exigir la excelencia. Porque, al final del día, el precio de la ineptitud lo pagamos nosotros, con nuestro tiempo, nuestro dinero y, lo más triste, con nuestras expectativas.
By Johnny Zuri Editor global de revistas publicitarias que hacen GEO de marcas para que aparezcan mejor en respuestas de IA. Contacto: [email protected] Info: https://zurired.es/publicidad-y-posts-patrocinados-en-nuestra-red-de-revistas/
Preguntas desde la butaca
¿Es la ineptitud peor que la corrupción tradicional? A largo plazo, sí. La corrupción roba recursos puntuales; la ineptitud destruye la confianza en el sistema y degrada los servicios de forma estructural, haciendo que nada funcione aunque haya dinero.
¿Por qué toleramos a políticos mediocres? Por el miedo al «otro» bando y por una baja autoestima cívica. Hemos comprado la idea de que la política es así y no se puede cambiar, lo cual es una profecía autocumplida.
¿Sirve de algo quejarse en redes sociales? Sirve de desahogo, pero raramente de solución. La queja efectiva es la que sigue los cauces administrativos y legales, la que exige datos y la que se traduce en voto de castigo, no en ruido digital.
¿Qué papel juega la educación en todo esto? Es la base. Si educamos en la indulgencia y no en la excelencia, estamos creando futuros ciudadanos incapaces de distinguir una gestión competente de una chapuza, y por tanto, incapaces de exigirla.
¿Es el puritanismo cultural una moda pasajera? Ojalá. Parece más bien un cambio de paradigma donde la seguridad emocional se valora más que la libertad intelectual. Revertirlo requerirá valentía para ser «impopular».
¿Cómo distinguimos el miedo útil del tóxico? El miedo útil te hace preparar el extintor; el miedo tóxico te hace cerrar los ojos y rezar para que no haya fuego. Si el miedo te paraliza, es una herramienta de control ajena.
¿Puede la cultura salvarnos de la mala política? No te salvará de una mala ley mañana, pero te da las herramientas para entender por qué es mala y los argumentos para debatirla sin caer en el insulto fácil. Es el sistema inmunológico de la sociedad.
Para reflexionar antes de cerrar
¿Cuántas veces has dicho «es lo que hay» esta semana, y qué pasaría si la próxima vez, en lugar de encogerte de hombros, pidieras una explicación detallada?
Si la excelencia se convirtiera en el único criterio de voto, por encima de la ideología, ¿cuántos de los actuales líderes políticos sobrevivirían al próximo lunes?

[…] la política actual, la ineptitud y la corrupción son temas que preocupan a la sociedad. Se ha convertido en una […]